Book trailer de Alejandra Correa


Con Alejandra Correa hicimos este book trailer del libro El olor de las hormigas, utilizando los mismos elementos de las fotografías, pero en movimiento.


Una cinta celeste






El olor de las hormigas por Marcelo Cutró

Estamos ante un libro-objeto y como alguien dijo hace muchos años, todo “objeto” es causa del deseo.
“Saltar el tapial y volver a la infancia” dice Yamil Dora en uno de sus textos.  Toda infancia necesita paisaje. Quizá esta noción motive la forma de este apaisado libro. El horizonte de este autor han sido los bares. La noche, los mayores, sus abuelos, los barcos, el cabaret de papá, los tíos, las copas. “las sillas sobre las mesas, botellas vacías, un largo paredón sin nada” dice en otro pasaje. Ahora, de grande,  el poeta confiesa: “yo busco un lugar donde poder estar solo, un río, un bosque, algún bar abierto”
Nacido en esta ciudad, Yamil Dora evoca su memoria con un dulce aliento a bebida fresca. También ha tenido bares, ha replicado su estirpe familiar,  y ha tenido hijas que siguen velando sus sueños. He compartido charlas con Yamil, muchas, en bares obviamente. Siempre habla de sus hijas, siempre. Aquí en estos textos, para referirse a ellas salta otro tapial. El de la tristeza y la añoranza, para decirles que allá “en Bs As hay pocas Renata, que cuando la extraña se va por ahí, pregunta por ella y mira la única foto que tiene”. Rememora desde el nombre, desde la distancia o la inmensidad, desde los países que empiezan con hache, Holanda, Honduras pero ella es Helena, un territorio extenso, una Nación llamada Helena como Helena de Troya.
Así este mapa de infancias, nos conduce a un patio, donde este hombre jugaba al tenis y era (como todos éramos en ese punto de nuestras vidas) Ivan Lendl, y nos hace verlo, vernos, en ese estado de plenitud siendo el mejor, los mejores del mundo.  También nos muestra como se ve la ruta camino al mar, cuando se tiene seis años, desde el asiento trasero de un Torino en pleno Enero donde suena Alberto Castillo.
¿Cómo era aquel tapial que este hombre tuvo que saltar para sentir el olor de las hormigas?
¿Cuántos libros hay en la vida de un poeta? ¿Cuántos libros hay en este libro?
La poesía de Yamil Dora lleva una cinta celeste. De esas para regalo. Nos obsequia nostalgia, libertad, encuentros, desencuentros. Repara en los detalles del devenir hombre, devenir padre, devenir poeta, con una perdurable ternura, esa de todos los días, de cada día, cada noche con amigos, donde cada palabra es una copa de vino, un  fuerte abrazo.

¿Cuántas infancias hay en la vida de un hombre?
¿Cuánta luz? ¿Cuánta sombra?

Silvia Castro, fotógrafa, la otra autora de este objeto-libro ha saltado también, hacia el encuentro imposible, del ojo con ese instante ciego que supone la obturación para que la luz conforme la imagen. Entonces nos espeja. Devuelve a nuestra vista un libro abierto con pantallas en blanco donde se proyectan sombras. Evocando elementos de la niñez  pero como si la cámara hubiera sido utilizada por un chico. A la vez, nos deja una señal, un señalador, una cinta celeste, esas para regalo, para marcar, para entrar o salir del tiempo. Este trabajo acompaña al otro trabajo. Como una misma bandera que se agita con las dos manos. Estas fotos retratan el tiempo.
Un gran maestro, me dijo que la poesía religa, une. En casa de esa misma persona conocí a Silvia Castro que también es poeta. La vida y otra poeta enorme y gran amiga, Julia Magistratti me presentó a Yamil Dora quien en nuestra primer conversación menciona a otro gran artista que ha dado esta ciudad de Casilda, Oscar Martínez Dalmaso, a quien tuve el honor de conocer y disfrutar de su amistad. Es cierto entonces, la poesía religa, une. Personas, disciplinas, edades, tiempo.
Los convoco a saltar. Saltemos ese tapial. Abramos este libro. Miremos, más que nada porque hay un poema que Yamil finaliza advirtiendo: “es peligroso mirar.”



Cuerpitos de hormiga





Reseña de Sonia Scarabelli


Sobre la página en blanco escribe la luz. Pequeños animales, camellos, gatitos, la evocación de un pájaro. Mágicas flores de maceta, una bicicleta, una mesa tendida simplemente: lámpara, vaso, una botella. Flores que se van propagando como sobre un campo, sugerencia de ropa tendida, un árbol, y hasta una extraña torsión de dientes, de risa de caricatura o pesadilla. Sombras chinescas en viaje hacia un mundo de hormigas. El poeta es la hormiga, su letra pequeña marcha en fila sobre el verso breve. Se va iluminando, va secreteando, camina sobre el poema como sobre el filo de una hoja fibrosa y curva, la memoria se abre, echa su propia luz.

Y es que, en este bello libro “el olor de las hormigas”, una y otro, la fotógrafa Silvia Castro y el poeta Yamil Dora, escriben desde la luz con una tinta de sombras que se mueven como en sueños. Las de Silvia son sombras claras, sombras iluminadas entre colores —lilas, suaves malvas, verdes secos— que, si de algún lado vienen, será del amarillo y de ese repentino azul que pasa saludando: la tapa del cuadernito, el cielo del poeta que camina al lado de esas sombras claras.

Las sombras de Silvia se estiran mucho y el cuaderno se agranda como el día y ahí, se pensaría que puede entrar el poeta entero. Que las sombras son largas y él es chiquito, como cuando juega en el patio a ser tenista o va solo en el asiento de atrás del Torino: “tengo seis años / voy solo / en el asiento de atrás / el Torino / no tiene aire/ no tiene frenos /los carteles pasan /suena Alberto Castillo / y hace calor / nos acercamos al mar / es enero” .

Y se diría que esas sombras, las del bestiario encantador, las de la mesita con su vaso y su botella, la de las flores y el cielo como una cinta azul, las que Silvia Castro escribe y reescribe sobre la página en blanco con pura luz solar —fotografía del lado secreto de las cosas, camellito otra vez, campo de flores, ¿mariposas?— lo acompañan a él con sus hormigas muertas y sus pájaros de ojos brillantes, y su solos muertos, los de su vida, y esas muertes pequeñas, intermitentes, que sobrevienen de la ausencia, entre un día y otro, entre una cosa y otra, de los seres que amamos.

Pero los muertos con los que Yamil Dora conversa secreteando a medida que los poemas se despliegan en zigzag de hormiga por las páginas del sol y del cuaderno azul, no tienen sombras largas de esas que asustan, de esas que se enojan con la muerte. En sus sombras discretas, de patios y cocinas y habitaciones, hay una frescura de bosque, de río, de bar abierto, de esos lugares que el poeta busca para estar solo. 

Las fotos no ilustran, cantan y dan casa. Los poemas cantan también, con una voz que se diría casi para adentro, como perfumada por lo que recuerda. Suturan además, y celebran el misterio del reconocimiento, del amor como un cruce sorprendente. Y por eso quizás, casi siempre terminan hablándole a un otro, a una otra: “me acuerdo de tu pollera / del sol que se abría / de la ruta al costado”; o  “naciste un primero de Julio / y en Rosario llovía / te puse el babero verde / te cortaron el pelo / te dormiste conmigo”, o como en el poema de Helena: “pero vos sos Helena / alta y flaquita / como una galga marrón / como Helena de Troya”. 

Los poemas se tejen entre en conversaciones silenciosas y, desde allí, hablan como ensimismados con las imágenes, las sombras luminosas, las formas siempre esquivas del pasado que punzan por momentos y por momentos se esfuman de un golpe en el aire. Yamil Dora deja andar las palabras suavemente, sin levantar la voz, y todo lo nombrado vuelve listo para desmoronarse en sus colores, listo para volver a pintarse en listones de sol sobre la página trabajada por la luz de las fotos de Silvia Castro, listo para volver a escribirse y reescribirse en letras minúsculas, olores cotidianos, magia de todo lo que vive, cuerpitos de hormiga.